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jueves, 9 de abril de 2015
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Conciencia
Is it because I'm black
Syl Johnson
Soul, 1970
Existen géneros musicales fuertemente anclados por la tradición a la narración de las penas y glorias de determinados héroes y bandidos o a la denuncia de distintas situaciones sociales y políticas, un menú musical contestatario que se ha visto incrementado con el paso del tiempo y las generaciones de músicos. Así, mientras el blues y el folk fueron las primeras fórmulas que empleaba la música tradicional para lanzar este tipo de mensajes, ahora el rock, el rap o el punk, y prácticamente cualquier estilo aunque de forma menos habitual, también se han convertido en vehículo para mostrar esta conciencia social de los artistas.
De este modo, el soul, música suave y tradicionalmente fácimente vendible entre todos los públicos, se convirtió en un arma más para la lucha por los derechos civiles de la población negra en los años 60, ya que era una expresión cultural con una marcada denominación de origen en este colectivo. Si grandes estrellas como San Cooke o Marvin Gaye coquetearon con estos mensajes durante su exitosa carrera, hubo otros que hicieron de las canciones su trinchera y son recordados precisamente por la ingente cantidad de obra de temática negra que pusieron en circulación en los años más intensos de la reivindicación racial.
Ese es el caso de Syl Johnson, un guitarrista del montón en el siempre efervescente ambiente del blues de Chicago que, después de respirar mucho humo en los clubes de su ciudad acompañando a frontmen de diferente calibre e, incluso, grabar algunos singles bajo su propio nombre, fue fichado como compositor y productor por una pequeña discográfica. Fue entonces cuando se dio cuenta de que las canciones de denuncia social le quedaban especialmente inspiradas y tenían bastante tirón en buena parte del público de la compañía. De hecho, "Is it because I'm black", tanto en formato single como en su edición en larga duración, fue el mayor éxito de ventas de su larga carrera.
Así, gran parte de las canciones incluidas en éste, su segundo disco, comparten forma con la canción homónima: ritmo cadencioso, tempo medio cuando no lento, voz sugerente y lírica un tanto dramática y, en ocasiones, lastimera. Además de la larga diatriba (en el sentido clásico de la expresión) que supone "Is it because I'm black", se incluyen en este grupo "Together forever", "I'm talkin' 'bout freedom" y "Concrete reservation", de ritmo algo más funky.
Sin embargo, el tono del bueno de Johnson no es siempre tan grave y se guarda algunas concesiones a la pista de baile o a la temática romántica. Así, el disco contiene un delicioso medio tiempo soul como "Black balloons", una revisión del éxito de The Beatles "Come together" y dos canciones pensadas para el baile, "Walk a mile in my shoes" y "Right on".
jueves, 13 de febrero de 2014
De espaldas al éxito
Sweet southern
soul
Lou Johnson
Soul, 1969
La historia de la música popular nos ha dejado multitud de
casos que, a pesar de tener muchos factores a favor, no consiguen que su obra
se vea reconocida por el éxito, ya sea de público o de crítica. En ocasiones,
la culpa es de la propia industria, incapaz de absorber y publicitar tanto
nuevo producto, lo que provoca que unos sobresalgan sobre otros a ojos de los
consumidores finales. En otras ocasiones, es el propio artista el que, a pesar
de contar con los mejores mimbres para hacer sus discos, no tiene el nivel
suficiente para alcanzar la excelencia que se le presupone.
El caso del Lou Johnson mezcla ambos supuesto. Es cierto que
el cantante en cuestión contaba con una gran experiencia en coros de gospel y
nociones más que avanzadas de teclado y percusión y que pronto, tras un par de
grupos medianamente exitosos a nivel local en el área de Nueva York, consiguió
un buen contrato como cantante solista y se le asignó una de las mejores
parejas de compositores del Brill Building, Burt Bacharach y Hal David. Sin
embargo, los éxitos no llegaban, más que con alguna incursión no demasiado alta
en el Top 100, por lo que sus singles y, posteriormente, discos fueron
deambulando por diferentes sellos discográficos y distribuidoras, cada vez con
menos nombre y cada vez más al Sur, muy apropiado por su manera de abordar el
soul.
“Sweet southern soul” es casi un epitafio, a pesar de que unos
años después consiguiera grabar algún disco más, y por ello Johnson elige una
colección de viejas canciones que le gustaba cantar o que le emocionaban, tanto
dentro de la música negra como en otros estilos. Como gran homenaje de prácticamente
fin de carrera, el disco fue grabado con la producción de Jerry Wexler, gran
capo de Atlantic, y con el personal y, sobre todo, los músicos del mítico
estudio de la compañía en Muscle Shoals, Alabama.
El mejor momento del disco es, sin duda, la versión de la
balada country “She thinks I stills care”, con un tratamiento de sugerente medio
tiempo soul sureño a la altura de algunos de los grandes del género. De este
modo, el resto del disco, en el que, además, la selección del repertorio no es
especialmente brillante, palidece y es una muestra de esa cierta irregularidad
que hizo que Johnson no disfrutara de una carrera más brillante. En general,
abundan las baladas de varios tipos, y solamente “The magic moment”, con un
tratamiento algo más pop, “Rock me, baby”, de ritmo cercano al funk, y “Tears,
tears, tears”, más cadenciosa y bailable, elevan un poco la velocidad del
disco.
Entre las baladas, Johnson opta por sacar su lado sensible, con canciones
como “It’s in the wind”, “Please stay” y “I can’t change”, aunque también
explota el lado sensual de soul sureño con temas como “Move and groove together”
y “Don’t play that song (You lied)”. La herencia del blues y, en menor medida,
el gospel se dejan notar en “People in love”, que se encuentra entre lo mejores
momentos del disco, y “Gypsy woman”, que lamentablemente termina cayendo en el
terreno sensiblero según se acerca su final.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Dejación de funciones
A long time
comin’
The
Electric Flag
Blues-rock,
soul-rock, 1968
Cuando el capitán abandona el barco, otro de los tripulantes
ha de ponerse a los mandos o la cosa acaba en naufragio. La historia de la música
popular nos ha dado abundantes ejemplos de cómo la renuncia de un líder
creativo, ya sea por motivos psicológicos, emocionales, religiosos o de cariz más
mundano, puede llevar a una boyante banda al más estrepitoso de los fracasoso,
significar un nuevo comienzo tras un cambio de rumbo o hacer nacer una estrella
tan brillante o más que su antecesor.
La historia de The Electric Flag es tan corta como intensa. Mike
Bloomfield ya había militado a mediados de los 60 en multitud de grupos de
blues y rock, codeándose con personalidades de todo tipo, por lo que se decidió
a crear el que sería su proyecto definitivo. El objetivo era reunir todas sus
influencias, que iban desde el soul al folk pasando, evidentemente, por sus
estilos de cabecera, creando para ello la ambiciosa etiqueta de American Music.
Para ello, reclutó a algunos viejos colaboradores, como el bajista Harvey
Brooks y el teclista Barry Goldberg, y a una potente sección de vientos y un
cantante y guitarrista con cierto carisma. Faltaba solamente una pieza, alguien
que marcara el ritmo, para lo que le recomendaron a un joven Buddy Miles que
era ya la sensación de la banda de Wilson Pickett tanto en la batería como en
labores más protagonistas.
Después de la banda sonora de “The trip”, proyecto casi en
solitario de Bloomfield aunque firmado por la banda, “A long time comin’” debía
ser la primera piedra del nuevo proyecto comandado por el experimentado
guitarrista. Y así empezó, pero algo se cruzó en el camino. En plena grabación,
la adicción a la heroína de Bloomfield y, en menor medida, de Goldberg hizo que
el grupo quedara descabezado. En ese momento, y con la urgencia que da la juventud,
Miles se hizo cargo del liderazgo perdido, arreglando y recomponiendo algunas
canciones y cantando pasajes que hubiera correspondido a sus compañeros. Al
final, el producto no difiere tanto de lo que, supuestamente, pretendía
Bloonfield: canciones que bebían de estilos esenciales como el blues y el soul
pasado por el tamiz rockero que los chicos blancos le dan a todo y con algunos
toques de la libertad hippie-psicodélica
imperante en aquellos años.
Las intenciones de la nueva banda quedan claras en la
primera canciones del disco, “Killing floor”, una versión de un viejo blues de
Howlin’ Wolf con una cadencia funky, una guitarra rabioso y multitud de
arreglos de viento y órgano. Ese gusto por los ritmos negroides se dejan notar
en las marchosas y bailables “Groovin’ is easy” y “Over-lovin’ you” y en las
baladas “You don’t realize” y “Sittin’ in circles”, todas ellas con una fuerte
influencia del soul, aunque con un tratamiento más rockero. El blues está mas
que presente en “Wine”, versión del clásico “Drikin’ wine spo-dee-o-dee” con una acentuada cadencia
swing, y en la ardiente y apasionada balada “Texas”, así como en el breve
fragmento instrumental que cierra el álbum, “Easy rider”.
Sin embargo, el componente
interracial de las influencias de la banda y el peso de la música y el ambiente
de la época también se dejan notar en estas canciones. Así, “She should have
just” mezcla el sabor soul con algunos devaneos con el pop psicodélico. Por su
parte, “Another country” explota todas las capacidades de la banda, uniendo
sonidos y cadencias procedentes del jazz, el blues, la música latina y el rock de
la época y dejando espacio para largos desarrollos instrumentales y sonoros de
todo tipo.
viernes, 17 de enero de 2014
Asuntos del cuerpo y del alma
Wet Willie
II
Wet Willie
Rock sureño, soul-rock, 1972
El diverso conglomerado de estilos musicales nacidos y
desarrollados en los estados del Sur de Estados Unidos es tan amplio que una
etiqueta como rock sureño se queda corta para definir o describir con exactitud
qué es lo que están haciendo grupos tan dispares como Lynyrd Skynyrd, The
Allman Brothers Band, ZZ Top y otros contemporáneos. Blues, soul, folk, rock’n
roll, country y gospel son las principales fuentes de las que cada uno de estos
grupos beben en diferente proporción, si bien el actual rock sureño ha
estandarizado bastante más su sonido y sus influencias, haciendo caso omiso de
una venerable tradición.
Wet Willie es uno más de esa pléyade de grupos que, bajo el
amparo del mítico sello Capricorn de Macon, Georgia, dieron su autorizada opinión
de lo que el rock procedente del Sur debía contener, a pesar de un nombre afortunado que se corresponde con la fechoría infantil de introducir un dedo húmedo, normalmente de saliva, en la oreja de otro. Formado en Mobile, en
Alabama, ciudad de tamaño mediano pero con una excelente ubicación junto al océano,
limitando con el vecino estado de Mississippi y a apenas 200 kilómetros de la
ciudad de música de Nueva Orleans, el grupo no sabía muy bien cuál sería su
camino musical cuando se juntaron por primera vez. Así, se fueron añadiendo elementos
(la banda llegó a contar con nueve miembros) hasta conseguir una mezcla en la
perfecta proporción de todos aquellos sonidos que influían a cada uno de sus
miembros. De este modo, el grupo terminó configurando un estilo que llevaba el
soul y el gospel a terrenos más asequibles para un grupo de chicos blancos, sin
olvidar el rock’n roll y el blues primigenio.
“Wet Willie II” es la plasmación de esta labor de ingeniería
para conseguir que estilos tan característicos consigan abrazarse de una forma
tan melodiosa. Aunque todavía no cuenta con el trío de coristas, The
Williettes, a tiempo completo, algo que les dará aún un carácter más festivo,
la banda consigue reunir una colección de canciones perfectamente bailables al
quedarse con los elementos que les interesan de cada uno de los estilos
consultados. Gracias a este trabajo de experimentación y análisis, más tarde
llegará el éxito relativo de “Keep on smilin’” y el inspirado trabajo de “Dixie
rock”.
Así, el disco se abre con “Shout Bamalama”, una pieza de
rock’n roll desenfrenado con un toque de soul bailable, muy similar en la
actitud a otras canciones de este segundo álbum de la banda como la versión del
clásico “Keep a-knockin’” o “Shotgun man”, ésta con un toque más soul y cierta
influencia del blues. Algo similar intenta hacer el, por entonces, sexteto con “Love
made me”, en el que se toman melodías cercanas al gospel con un tratamiento
blues-rock y una cadencia más que bailable. Pero si a esta banda se la enmarca
dentro del rock sureño es gracias a canciones como el instrumental “Red hot
chicken”, una composición con elementos rock y un ritmo sincopado influencia de
los estilos negros, sobre todo el funky, en la que Jimmy Hall, uno de los líderes
principales de la banda, aprovecha para demostrar sus habilidades en el saxofón
y la armónica. El disco contiene otros ejemplos de este rock sureño tan
candencioso, como “Airport” o “Grits ain’t groceries”.
Al margen de esta colección de canciones vitaminadas y bailables, el
disco contiene también momentos más íntimos, como “It hurts me too”, un
desgarrador blues lento, o “Shaggi’s song”, una balada en la que se mezclan a
la perfección el blues, el folk y el soul.
jueves, 12 de diciembre de 2013
Destellos brillantes
Tower of Power
Tower of Power
Funk, soul, 1973
El funk es uno de los estilos más agradecidos para los
músicos, ya que sus ritmos quebrados y sincopados, sus alargados compases y sus
estructuras abiertas permiten a los instrumentistas melodías, improvisaciones y
requiebros más libres que en otros estilos más tradicionales, mientras que
también ofrece una rápida conexión con el público gracias a sus cadencias
bailables y festivas. De este modo, muchos músicos virtuosos o criados en sonidos
más libres como el jazz eligen este estilo para expresarse y explorar los
límites estilísticos e interpretativos de sus enseñanzas.
Una de las bandas que busca esta mezcla de diversión y
excelencia es Tower of Power. El grupo está dirigido por Emilio Castillo y
Stephen “Doc” Kupka, un dúo de saxofonistas que, con el paso de los años y con la
única compañía más o menos definitiva del batería David Garibaldi y del bajista
Rocco Prestia, se han ido rodeando de decenas de los mejores músicos de la zona
de Oakland y del estado de California para dar rienda suelta a un estilo que se
caracteriza por el virtuosismo de casi todos los músicos de la banda, lo que
permite una gran variedad de recursos para crear canciones con ritmos,
acompañamientos, arreglos y pasajes instrumentales diferentes e innovadores,
una especie de equipo profesional de malabaristas que dotaban a sus creaciones
de espectaculares destellos brillantes.
Este disco homónimo es el tercer lanzamiento de la banda y
marca el inicio del periodo más exitoso de la banda, después de un periodo de
gran actividad en el entorno de Oakland y la tímida acogida a nivel nacional de
su segundo disco. En esta ocasión, y liderados en el escenario por la presencia
del carismático cantante Lenny Williams, el virtuosismo en los instrumentos,
también presente, deja cierta cabida a sonidos algo menos innovadores pero
igualmente de calidad, con un gran peso de la influencia del soul, un estilo
ideal para las características del nuevo vocalista.
La canción que abre el álbum, “What is hip?”, es el
arquetipo de la composiciones de Castillo y Kupka a lo largo de la andadura de
la banda. Se trata de un tema construido sobre una base rítmica bailable y un
tanto inesperada, con multitud de arreglos instrumentales y, sobre todo, una
potente sección de vientos que acompaña y subraya las partes esenciales de la
canción. En esta misma línea, este tercer disco homónimo contiene otros temas
de corte funky como “Get yo’ feet back on the ground” o “Soul vaccination”,
completados por un “Clean slate” más callejero y blues, que emparenta con las
influencias soul que protagonizan gran parte del álbum.
Así, baladas como “So very hard to go”, “Will you ever find a love”,
“Clever girl” o “Just another day” muestran estas nuevas fuentes, que se
mezclan con la capacidad innata de la banda para idear espectaculares giros y
arreglos, una mezcla que se ve incluso más afianzada en canciones algo más
marchosas como “This time is real” o “Both sorry about nothing”.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Rompiendo los moldes
Get ready
Rare Earth
Blues-rock, soul, funk-rock, rock psicodélico, 1969
Hay un dicho que afirma que, para hacer una tortilla, hay
que romper primero los huevos. Extrapolando esta aseveración al terreno
musical, el refrán vendría a significar que el desarrollo de nuevas fronteras
musicales y mezclas estilísticas conlleva necesariamente la rotura de los
prejuicios y límites existentes hasta el momento, normalmente impuestas por el
mercado y la industria. De este modo, los momentos de mayor ebullición musical,
de mayor mezcolanza y, por tanto, progreso a nivel creativo, han supuesto
revoluciones en mayor o menor medida.
Rare Earth no fue el primer grupo de chicos blancos que se
atrevieron a sacar a relucir sus influencias de estilos tradicionalmente
negros, no tanto el blues tan vivamente actualizado a lo largo de la corriente
década como del funky y el soul, hijos del gospel, el jazz y el rhythm’n blues,
que ya llevaban unos años contaminando de ritmo los oídos de músicos y melómanos
de todas las razas. Tampoco fue la primera banda en fichar por Motown, una
compañía especializada en soul y que, en aquellos turbulentos años, trataba de
abrirse a nuevos públicos no tanto en lo estilístico como en lo referente a
nuevas bandas. Sin embargo, Rare Earth sí fue pionero en una cosa: en
convertirse en un éxito de ventas en dicha discográfica a pesar de no contar
con un solo músico de color en su formación.
Después de un prometedor disco de debut, Motown decidió dar
una oportunidad a este quinteto en el que el blues-rock tan en boga en aquellos
años se mezclaba de forma prácticamente natural con funky y el soul, estilos en
los que la discográfica de Detroit estaba especializada gracias a un control
total del proceso de producción de las canciones. Rare Earth respondió
favorablemente a la confianza con un puñado de composiciones exitosas y
versiones de algunos hits del catálogo de Motown, lo que llevó a que la discográfica
creara un nuevo sello llamado precisamente como el grupo para abrirse a un
mercado más rockero.
“Get ready” deja bien claras las buenas maneras de la banda
en las sonoridades soul y funky, siempre aderezados con toques de rock y jazz
de la mano de los ambientes creados por el teclado de Kenny James, los
experimentos guitarreros de Rod Richards y el virtuosismo protagonista del
saxofón de Gill Bridges. El tema que da título al álbum, versión extendida del clásico de
The Temptations, deja espacio para que todos los músicos den rienda suelta a
sus capacidades musicales, entroncando en lo estilístico con canciones como “In bed” y “Feelin’ alright”, que ahondan en el funk-rock que hará conocida a la
banda.
Sin embargo, además de las mezcolanzas de raíz negroide, Rare Earth
también se deja seducir por sonidos más propios de la escena rockera del
momento. Así, “Magic key” tiene que ver con el pop psicodélico propio de la época,
un estilo que también se encuentra presente en “Train to nowhere”, aunque con
un toque más soul, mientras que “Tobacco road” deja vislumbrar las influencias
blues de los primeros años de la banda.
martes, 1 de octubre de 2013
Con estilo propio
Naturally
J. J. Cale
Folk-rock,
1972
Tulsa es una ciudad como otra cualquiera en EEUU. Tamaño
mediano, rascacielos en el centro, barrios residenciales… Aunque hay algo que
sí diferencia a esta ciudad de otras muchas en la vasta geografía
norteamericana. Su ubicación la sitúa en la encrucijada de innumerables
corrientes culturales, históricas y, cómo no, musicales. De este modo, a raíz
de crecer en medio de tantas influencias casi naturales, la riqueza de sus
compositores e intérpretes ha hecho bautizar a ese estilo que se mueve entre el
country, el blues y el rockabilly, con algunos tintes de rock’n roll, folk e,
incluso en algunas ocasiones, soul y funk, como Tulsa Sound.
J. J. Cale es uno de los principales baluartes de esta
etiqueta de denominación de origen que tan bien define aquello a lo que se
refiere. Sin embargo, y a pesar de su dilatada carrera hasta su fallecimiento
el pasado mes de julio, no se trata de uno de esos jóvenes talentos que
consiguieron deslumbrar a crítica y público en sus primeras tentativas, sino
que su oportunidad le llegó con una cierta edad; quizás de ahí nace la madurez
de sus canciones. En la veintena, Cale se mudó a California e intentó buscarse
la vida como músico mientras trabajaba de ingeniero de sonido en un estudio.
Sin embargo, después de varios singles como Johnny Cale sin repercusión
comercial ni de popularidad, decidió volver a casa y dejar lo de la música como
un hobby.
Para que surgiera este “Naturally” tuvo que darse una
casualidad. Eric Clapton, a quien había conocido en sus años en California, le
pidió permiso para grabar una de sus canciones, “After midnight”, tema
totalmente inédito y que, tras la decisión de Cale de apartarse de la escena
profesional, descansaba escondido en las maquetas de alguno de los estudios en
los que trabajó. La versión del guitarrista británico fue un éxito, por lo que
varios amigos y colegas le animaron para que aprovechara el rebufo y sacara un
disco con las mejores canciones escritas en aquellos años de ‘descanso’. A los
33 años, el songwriter de Tulsa era
un primerizo en lo que al mercado se refería, aunque ya llevaba bastantes
composiciones y conciertos a sus espaldas, y decidió cambiar su nombre del John
Walden original al misterioso J. J., pseudónimo que venía utilizando desde que
el propietario de un local no quiso anunciarle como John Cale para que no se
confundiera con el multiinstrumentista de The Velvet Underground, por entonces
en el rutilante estrellato.
Este disco de debut es una perfecta guía de lo que es el Tulsa
Sound y de lo que será la dilatada, aunque no excesivamente prolífica, carrera
de Cale. Canciones escritas y tocadas sin prisa, que muestran un conocimiento
profundo de los estilos tradicionales, usando sus características y tópicos de
forma innovadora pero con un respeto reverencial, y todo ello envuelto en una
forma más que peculiar de cantar y de tocar la guitarra. “Crazy mama”, “After midnight” y “Call me the breeze” son posiblemente las dos canciones más
representativas, en las que se denota claramente esa mezcla de rock, blues,
folk y country.
El gusto por el folk y, sobre todo, el country está
sobradamente demostrado en temas como “Clyde”, de clara influencia campestre,
así como en la delicada balada “Magnolia” y en “Cryin’ eyes”, que cierra el disco.
Por su parte, Cale reserva las melodías blues para baladas de tratamiento
folk-rock como “Call the doctor” o “Don’t go to strangers”, mientras que la
esencia negra de su forma de hacer canciones se escucha en temas más puramente
blues como “Woman I love”, “Bringing it back” o la balada “River runs deep”.
miércoles, 17 de julio de 2013
Siete vidas
Stage
fright
The Band
Folk-rock,
1970
The Band es un grupo que difícilmente conoció una rutina durante su breve andadura,
ya sea a nivel estilístico como en lo que se refiere a un ritmo de trabajo estable; mucho menos en su vida
personal. Cada uno de los álbumes lanzados por este quinteto durante sus ocho años en la carretera eran una aventura bien distinta, ya fuera por las desventuras del estilo de vida de cada uno de sus miembros, por las
especificidades del proceso de creación de las canciones o por lo accidentado de la grabación, pocas veces llevada a cabo en un estudio acondicionado convenientemente.
Si “Music from Big Pink” había supuesto el inicio de la vida
retirada en el campo, en una vieja casa de color rosa cerca del mítico
Woodstock que sirvió como local de ensayo, mesa de composición y estudio de grabación, y de una aventura musical en la que unas letras de gran carga
literaria e historicista se mezclaban con sonidos que iban un paso más allá del
blues, el folk y el country tal y como se conocía hasta el momento, “The Band” supuso una
reivindicación en toda regla de estos estilos tradicionales, continuando con la
narración de historias y anécdotas de héroes y villanos en muchas ocasiones anónimos.
Tras una cierta consolidación en el panorama musical, “Stage
fright” supuso un cierto giro hacia un rock’n roll algo más convencional,
incluso con algunos guiños hacia cierta comercialidad, tanto en lo estilístico
como en los textos, aunque siempre con el sello peculiar de una banda que
contaba con influencias musicales y literarias tan dispares, hasta tres
cantantes principales y una participación comunal en al composición de las
canciones, con el liderazgo indiscutible de Robbie Robertson delante del
pentagrama. El último disco de la santísima trinidad de álbumes esenciales de
the Band, junto con sus dos predecesores, se inspira para su título en los
problemas de Robertson para enfrentarse al público en diferentes momentos de su
vida, sobre todo al inicio de su carrera y en la nueva faceta de estrellas del
rock, y supuso en cierta forma un punto y final, acabando prácticamente para
siempre con la composición comunal de las canciones, iniciando el deterioro de
salud de salud de algunos de sus miembros por el consumo excesivo de drogas y
sacando a la luz el debate acerca de si la vida en el campo era la más adecuada
ahora que el negocio musical les había abierto las puertas de su Olimpo.
Esta cierta apertura hacia un rock’n roll más convencional
dentro de los circuitos de la época y el cambio estilístico tanto musical como
letrístico tiene su reflejo en dos tipos de canciones. Por un lado, “Time to kill” y “The W. S. Walcott medicine show” son buenas muestras de que The Band
introduce ciertos elementos más comerciales en su peculiar forma de entender el
folk y el country. Por otra parte, “Stage fright” y “The shape I’m in” muestran
una faceta algo más adulta y evolucionada a la hora de componer los temas,
tanto por su tratamiento musical menos apegado a los estilos tradicionales como
por las reflexiones de sus letras, características que también pueden aplicarse
a “Just another whistle stop”, en la que Robertson ya aborda el tema de la
peligrosidad de la vida frenética de drogas y alcohol propia del rock’n roll.
A pesar de ello, The Band no se despega del todo de otros sonidos
habituales. Así, “Strawberry wine” rinde homenaje al blues y al rock’n roll de
Nueva Orleans, mientras que baladas como “All la glory”, y “The rumor” inciden
en el gusto de la banda por los sonidos soul y gospel, aunque sin dejar de lado
su carácter folk. Completan el disco “Sleeping”, una balada que ahonda en la mezcla
de estilos propia de este grupo apoyada en la sensibilidad vocal de Richard
Manuel, y “Daniel and the sacred harp”, un medio tiempo folk en el que se
recuperan las temáticas historicistas y mitológicas de los discos anteriores.
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lunes, 6 de mayo de 2013
El oficio de escribir canciones
Writer
Carole King
Pop, soft rock, folk-rock, 1970
Carole King
Pop, soft rock, folk-rock, 1970
Dentro de la gran maquinaria que supone el negocio musical,
hay distintos engranajes, muchos de ellos especializados únicamente en una
tarea, ya sea la composición de las canciones, la producción de las grabaciones
o la interpretación instrumental. Sin embargo, hay quien se salta esa jerarquía
de cadena de producción y viaja de un lado al otro de los distintos oficios
dentro de la compartimentación que impone la profesionalización de este arte.
Carole King empezó a escribir canciones dentro de la
industria a los 17 años, siendo responsable junto a su marido Gerry Goffin, de
decenas de éxitos de lo largo de la década de los 60. Sin embargo, con la
experiencia que supone más de una década dedicada al oficio de escribir y
arreglar canciones y con la ayuda de decenas de amigos músicos encontrados a lo
largo de este camino, entre los que destacan colaboradores habituales a lo largo de su carrera como James Taylor, King decidió comprobar cómo quedaban aquellas canciones
en la voz de su propia creadora, más allá de las cintas que habitualmente
grabada para anotar ideas o para presentar los proyectos en los sellos
discográficos.
“Writer” es un título muy definitorio para el disco de debut
de esta compositora como protagonista de su propia obra. En él, King recoge un
puñado de canciones, algunas de ellas ya estrenadas por otros artistas, otras
de nueva creación, en las que se deja ver el buen gusto, la elegancia y la
sensibilidad pop que habitualmente presentan sus canciones, con ramalazos
estilísticos cercanos al rock, el soul y el folk, aunque recolectando ideas y
sonoridades de prácticamente todos los estilos de la época.
El disco ahonda en las baladas pop de melodías atractivas y
producción elegante, una de las especialidades de la casa, con canciones como
“No easy way down” o “Can’t you be real”, de inspiración soul; o “Child of mine” y “Out on the roof”, que se fijan más en el folk y el gospel. Sin
embargo, el repertorio de influencias y experimentos a la composición no se
queda ahí, ya que canciones como “Goin’ back” o “Eventually” incluyen algunos
arrebatos hippie-folk que dan una mayor profundidad a sus letras.
Pero el juego no termina en las baladas, sino que King incluye en este
primer disco, un buen prólogo para el exitoso “Tapestry” de un año después,
canciones de todo tipo de influencias y ritmos. De hecho, “Writer” se abre con
los efluvios a medio camino entre el funky y el rock’n roll de “Spaceship races”, cadencias con las que también coquetea King en “I can´t hear you no
more”, y se da un paseo por el campo con “To love” y “Sweet sweetheart”, de
clara inspiración country, mientras que también se acude a la sonoridad de
estilos como el blues o el jazz en “Raspberry jam” y “What have you got to
lose”.
lunes, 15 de abril de 2013
Un paseo por el campo
Tupelo honey
Van
Morrison
Country,
pop-rock, 1971
La amalgama de influencias musicales y de estilos practicados
por Van Morrison a lo largo de los años es inabarcable, siempre abordando estos
nuevos retos con gran pasión y un gusto exquisito, consiguiendo hacer suyos, o al menos que no chirríen, los nuevos giros que ha ido probando. Estas nuevas sonoridades han
ido llegando de forma paulatina a la música del cantante irlandés y han ido
dejando un poso duradero a lo largo de los años, asentándose de forma natural
en la peculiar y reconocible forma de cantar de Van The Man.
Así, mientras el pop, el blues y el soul habían estado
siempre presentes en la carrera de Morrison desde su etapa en Them, el cantante
irlandés tardó unos cuantos años más en reconciliarse con el folklore de su
tierra y con el estilo que engendró al otro lado del Atlántico, el country. Precisamente
fue en tierras norteamericanas donde el compositor acertó a escribir estas
canciones que, de una forma natural, fueron adquiriendo algunos toques de esas
otros músicas tradicionales que hasta el momento no se habían abordado en la
discografía de Morrison.
“Tupelo honey” está escrito entre las frías tierras de
Woodstock y la soleada California, aunque siempre en una ambiente de retiro
campestre que propicia esa asunción de las estructuras del folk y el country en
las inconfundibles canciones del cowboy de Belfast. Sin duda, esta mudanza a
tierras lejanas y el inicio de una relación tanto personal como musical con The
Band, también asentados en Woodstock, tuvieron una importante influencia en
este desvío estilístico, que más tarde se ha revelado como un ejercicio de diversificación
y enriquecimiento de la obra del cantante irlandés.
El inicio del disco puede no resultar muy sorprendente, con “Wild night”, un tema cargado de intensidad rock, efervescencia pop y regusto soul,
si bien sirve de preludio a un territorio nuevo, casi inexplorado, con el
country y el folk como principales pretextos para un ejercicio de estilo
impecable. Canciones como “(Straight to your heart) Like a cannonball” y “I
wanna roo you (Scottish derivative)”, con su cadencia country waltz, o el
animado “Starting a new life” dan idea del nuevo campo que se ha abierto ante
los ojos de Morrison.
Y es que las baladas “Tupelo honey” y “Moonshine whiskey”,
con sus cambios de ritmo e intensidad, ahondan en esta asunción de las
sonoridades folk y country como propias, siempre respetando la peculiar voz negroide
de Morrison. Sin embargo, no todo es nuevo en este disco y, a pesar de contar
con un cierto aroma a campo, el cantante también reserva algunos minutos para
canciones con influencias blues y soul, como las intensas “Old, old Woodstock”
y “You’re a my woman”, y el marchoso “When the evening sun goes down”, con un
piano honky tonk que desvela que los nuevos sonidos han llegado para quedarse
al repertorio del compositor irlandés.
jueves, 21 de febrero de 2013
El desgarro rabioso del soul
Joe Cocker!
Joe Cocker
Soul, blues-rock, 1969
Joe Cocker
Soul, blues-rock, 1969
El soul es un estilo cargado de emotividad y, en ocasiones,
de gran melancolía, aunque también destaca, sobre todo en las producciones más
comerciales de los principales sellos, por un cierto remilgo en su estética,
una suerte de sonido edulcorado y bienintencionado que puede llegar a alejar al
oyente de la emoción que se pretende expresar. Sin embargo, el desgarro y la
rabia debían hacer su aparición en la forma de abordar canciones que hablan de
amargas rupturas y de sentimientos más fácilmente descriptibles con un quejido
o un gruñido que con cientos de melodiosas palabras.
Joe Cocker, un advenedizo en lo que a música negra se
refiere debido al color de su piel y su nacimiento en Inglaterra, entendió rápidamente
que su potente y quejosa voz tenía un claro destino en el gospel y el soul. La
clara influencia de Ray Charles y otros grandes artistas relevantes en estos
sonido se vieron pronto mezclados con el blues, popularizado en aquellas
tierras y en aquellos días por al Invasión Británica de músicos entusiasmados
por lo que se había hecho a las orillas del Mississippi algunas décadas antes, y
las nuevas sonoridades rock que iban surgiendo gracias a la experimentación y la
ruptura de ciertas fronteras más comerciales que artísticas.
“Joe Cocker!” es el segundo disco del exuberante cantante
británico, un álbum que sigue la línea marcada por “With a little help from my
friends”, lanzado ese mismo año, un debut en el que, aunque con cierta variedad
de ritmos, se abusa de la arrolladora y emocionante voz de Cocker en las
baladas de corte soul. Esta segunda entrega, cuyas mejores canciones conformarán,
junto con las del primer LP, “Cocker Happy”, una recopilación con la que el cantante
se presentará posteriormente en otros mercados tras su éxito en Gran Bretaña y
Estados Unidos, ahonda en las influencias blues y los tratamientos funky y gospel
de canciones escritas por algunos de los grandes artistas de la época, como The
beatles, John B. Sebastian, Bob Dylan o Leonard Cohen.
El disco se abre con una pieza escrupulosamente rhythm’n
blues, con su cierta dosis de rock, “Dear landord”, si bien el resto de pistas
presentan algo más de mezcla de estilos, una fusión en la que la voz de Cocker,
su grupo de coristas y su variada banda de acompañamiento de ofrecer lo mejor y
lo más novedoso de sí mismos. Ese es el caso de “Lawdy Miss Clawdy” o “That’s
your bussines”, en las que el funk y el blues se dan la mano, o “Hitchcock railway”, que tiene sus dosis de rock, pop y gospel.
La marca del soul no deja de estar presente en casi todo el disco, y lo
hace en su vertiente más enérgica en “She came in through the bathroom window”,
de forma más calmada y gospel en “Darling be home soon” y con un toque bailable
y divertido en “Delta lady”. También beben de este estilo, con algunas
concesiones al folk, las baladas contenidas en el disco, “Bird on the wire”, “Something”
y “Hello, little friend”.
lunes, 28 de enero de 2013
El sustituto
A hard road
John Mayall and the Bluesbreakers
Blues, 1967
John Mayall and the Bluesbreakers
Blues, 1967
El cambio en la formación de una banda siempre es
traumático, máxime cuando se trata de uno de los principales baluartes del
grupo en cuestión. Y es que la máxima estrella es siempre difícil de sustituir.
En este trance se vio el bluesman británico John Mayall cuando Eric Clapton,
uno de los más brillantes guitarristas de la historia del rock, decidió
abandonar las filas de los Bluesbreakers después de un año para iniciar su
andadura en el power trio Cream.
El elegido para la inasumible tarea de sustituir a manolenta fue Peter Green, un talentoso guitarrista que estaba empezando a
tener cierto nombre en el circuito londinense del blues. En lo estilístico,
Green estaba aún por desarrollar, aunque ya mostraba muy buenas maneras y, como
su antecesor en el puesto, una gran pasión por Freddie King. Además, la
obligación de hacerse cargo del repertorio anterior de la banda hizo que el
nuevo guitarrista tomara también algunas notas características del sonido y el
estilo de Eric Clapton.
Para desgracia de John Mayall, esta incorporación tampoco
fue demasiado duradera, dejando como único legado este “A hard road” y unos
cuantos conciertos a lo largo de ese año. Posteriormente, Green abandonó la
cantera de bluesmen británicos en que se habían convertido los Bluesbreakers
para formar junto a Mick Fleetwood y John McVie, antiguos componentes de la
banda de Mayall, su propio proyecto, Fleetwood Mac, grupo en el que poco
tuvieron que ver sus inicios con su posterior trayectoria.
“A hard road” supone una colección de ritmos y cadencias
propias del blues con algunas concesiones a estilos como el rock, el soul o el
funk, todo ello a través de un repertorio con temas de Mayall y versiones de
clásicos, así como un par de composiciones de Green. El shuffle es el estilo
más empleado, casi siempre dando un toque bailable a canciones como “It’s over”, “You don’t love me”, el instrumental “The stumble”, versión de Freddie
King para el lucimiento del nuevo guitarrista de la banda; “Hit the highway” o
“Top of the hill”.
Sin embargo, Mayall también aborda el blues lento gracias a canciones
más emotivas y reflexivas como “A hard road”, la versión de “Someday after a
while (you’ll be sorry) o “Another kinda love”, con un tratamiento que toma
elementos del soul. Con un cariz más rockero y el boogie como base, la banda
incluye en este disco “Leaping Christine” y “Dust my broom”, mientras que
“Living alone” abre la puerta a ritmos más cadenciosos con elementos del funk y
el rock sureño. Mención aparte merece “The super-natural”, una composición
instrumental de Green en la que el guitarrista muestra algunas de las
inquietudes musicales que desarrollará en Fleetwood Mac, con pasajes más
líricos y sonidos y efectos más psicodélicos, aunque siempre con un ojo puesto
en el blues.
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jueves, 3 de enero de 2013
La búsqueda del éxito
The
Supremes A’Go-Go
The Supremes
Soul, pop, 1966
The Supremes
Soul, pop, 1966
Motown siempre destacó por una gran organización del
trabajo. De este modo, y a pesar de la gran labor a la hora de descubrir
talentos en las diferentes facetas de la producción, grabación e interpretación
musical, la empresa estaba diseñada para funcionar como una cadena de montaje,
tal y como hacían sus vecinos de la industria automovilística de Detroit. De
este modo, contaban con los mejores compositores, músicos solventes y
creativos, productores experimentados y con oído y estrellas con carisma y voces
reconocibles, la receta del éxito.
Además, la concentración de talentos y cabezas pensantes en
un mismo sitio, el estudio Hitsville, USA, la sede central de la empresa, ofrecía
la posibilidad de repetir éxito con una misma canción en las voces de
diferentes artistas o, al menos, tener material para completar los discos y, de
este modo, guardar las nuevas canciones de sus compositores para futuros
lanzamientos.
Un buen ejemplo de esa organización casi militar que tan
productiva fue para Berry Gordy Jr. y los suyos es este “The Supremes A´Go-Go”,
un álbum que contiene apenas tres canciones originales, pero cuyos doce cortes
son composiciones esenciales en el desarrollo del pop y del soul. La mayor
parte de estas canciones están escritas por el prolífico trío Holland-Dozier-Holland,
que también se encargan de la producción de las mismas, mientras que la parte
instrumental corre a cargo de The Funk Brothers, banda de estudio de Motown que, a pesar de sus largas
horas de trabajo, nunca fue acreditada músico a músico hasta principios de los
70.
Este disco ofrece como novedades dos de los grandes éxitos
de The Supremes, el mítico “You can’t hurry love” y “Love is like a itching in
my heart”, y “Put yourself in my place”, tres temas que resumen muy bien el
estilo del grupo, un pop de raíces rhythm’n blues de letras edulcoradas y
ritmos bailables. En lo musical, poco innova el resto del disco, sino que se
trata de adaptaciones de otras canciones de cierto éxito a la voz de Diana Ross
y sus coristas de lujo, Mary Wilson y Florence Ballard.
Así, “The Supremes A’Go-Go” ofrece versiones de temas anteriormente
lanzados por The Four Tops, como el arrollador “I can’t help myself”, “Baby, I
need your loving” y “Shake me, wake me (when it’s over)”; o The Temptations,
del que rescatan el imprescindible “Get ready”. En este reciclaje musical también entran “This old heart of mine (is
weak for you)” de The Isley Brothers, “These boots are made for walkin´” de Nancy
Sinatra, “Money (that’s what I want)” de Barrett Strong y “Hang on Sloopy” de
The McCoys.
martes, 2 de octubre de 2012
Una vida dedicada al soul
The dock of
the bay
Otis
Redding
Soul, 1968.
La muerte de Otis Redding, apenas tres años después de la de Sam
Cooke, supuso un gran golpe para el mundo del soul. No se iba únicamente uno de
los principales exponentes de este estilo musical en lo que a éxito comercial
se refiere, sino que también se dejaba inacabado un trabajo que el cantante de
Georgia había iniciado en la adolescencia. Y es que su vida había estado
dedicada a la difusión de la música negra por todo Estados Unidos, intentando
romper las barreras raciales y geográficas que tradicionalmente constreñían su
desarrollo.
Primero como integrante de bandas profesionales y, más
tarde, componiendo y grabando sus propios temas y otros éxitos, Otis Redding
intentó llevar el soul a todos los rincones, actuando en las principales
ciudades estadounidenses, incluso en los estados del norte, menos dados al
conocimiento de los sonidos propios de la población negra, y llevando su música
también al público blanco. Además, con el fin de lograr nuevos oyentes, también
actuó en el festival de pop de Monterey en 1967, llamando a la puerta también
de aficionados más dados al rock y a los sonidos hippies y psicodélicos. Sin
embargo, un viaje en avión en medio de una apretada gira de conciertos terminó
en un desastre que puso el punto y final a la prometedora carrera de este
cantante con apenas 26 años.
“The dock of the bay” es el primero de los cuatro discos
póstumos con temas inéditos de Otis Redding. En él, se da una buena muestra de
los diferentes registros que el vocalista y compositor gustaba de abordar en
sus álbumes, todo ello con grabaciones realizadas entre 1965 y 1967, algunas de
ellas lanzadas en singles y otras totalmente nuevas para los oyentes. Además,
incluye la última composición grabada por Redding antes de su fallecimiento,
“(Sittin’ on) The dock of the bay”, canción que se convirtió en su mayor éxito
de ventas, número uno de casi todas las listas de ventas y su tema más
reconocible y recordado.
Uno de los principales fuertes de Redding fue su emotivo
modo de cantar las baladas soul, con un estilo lloroso y aullador, que en este
disco se puede escuchar en “I love you more than words can say” y “Open the
door”, además de en “The glory of love”, un tema de inspiración gospel que, con
la paulatina adición de instrumentos, se va convirtiendo en una cadenciosa
celebración del amor al que canta. Además, el vocalista también aborda dos
versiones de temas clásicos para demostrar su versatilidad y gusto musical,
aunque siempre llevadas magistralmente hacia su terreno para dar lo mejor de él
y de su banda, “Nobody knows you (when you’re down and out)” y “Ole man
trouble”.
Pero no todo son hermosas canciones lentas en la voz de
uno de los mejores cantantes del soul sureño. Ejercicios de música más bailable
son “Let me come on home” o “Don’t you mess with Cupid”, en las que Redding
despliega su estilo más seductor, mientras que, en “I’m coming home to see
about you”, bebe de las fuentes del rhythm’n blues y el rock’n roll para enriquecer
la sonoridad de su obra. También con el propósito de la diversión, el álbum
incluye dos canciones, “Tramp”, en el que hace un dueto con Carla Thomas, y
“The Huckle-Buck”, que responden a un patrón habitual en la discografía de
Redding, temas con potentes riffs de la sección de viento y un ritmo
constante por parte de la banda mientras él canta, recita, modula, grita, rapea
y juega con cada verso.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Desde Texas con amor (al blues)
Degüello
ZZ Top
Rock sureño, blues-rock, 1979
El sur de Estados Unidos, zona de vastas llanuras con una
importante mezcolanza intercultural, se ha convertido, con el paso de los años,
en un crisol de sonidos que hace que las bandas procedentes de estados como
Texas, Florida, Louisiana o Georgia presenten una riqueza de influencias
habitualmente mayor a los nacidos en otras zonas del país. De este modo, el
rock sureño supone una etiqueta amplia en la que se enmarcan grupos cuyos
sonidos beben indistintamente y con diferente intensidad del blues, el boogie,
el soul, el gospel, el rock’n roll clásico o el country.
En este caldo de cultivo, ZZ Top se ha revelado como una de
las formaciones más reconocibles dentro de la gran variedad que supone el rock
sureño. Con un estilo más centrado en el blues-rock y los sonidos rudos, el
trío tejano va dejando detalles del resto de músicas tradicionales o populares
en la zona, dotando a su rocoso sonido de ciertos matices, en ocasiones
inapreciables, que lo diferencian de otros grupos contemporáneos o imitadores.
“Degüello” supuso el esperado regreso de la banda a los
estudios después de un parón de más de dos años desde su último concierto, lo
que hizo que el disco fuera un éxito de ventas, a pesar de que únicamente se
lanzaron dos singles en la radio de la época. Y es que grabaciones como
“Tejas” o “Tres Hombres” habían creado un numeroso grupo de seguidores fieles
que se dejaban seducir por la honestidad y la contundencia del sonido del trío
de Texas. Esta vuelta a los ruedos musicales no podía pasar inadvertida, por lo
que la banda, que había dejado crecer sus barbas en el periodo de descanso,
decidió adoptar la imagen por la que se han hecho famosos, además de firmar uno
de los mejores discos de su carrera.
El álbum se abre con “I thank you”, versión de una canción del dúo de soul Sam & Dave, llevada magistralmente al terreno de la banda
sureña, con un afilado sonido de guitarras, una importante influencia
‘bluesera’ y un ambiente fronterizo. Entre los cortes más destacados, se
encuentra la exuberante “I’m bad, I’m nationwide”, un despliegue de las mejores
virtudes de la banda, como el sentimiento blues en la instrumentación y la voz,
la compenetración entre sus componentes y el sonido contundente.
Además de esta demostración de las peculiaridades de la banda, ZZ Top
también aborda otros sonidos a lo largo del disco, como el rock’n roll, que es
honrado en “She loves my automobile” y “Hi Fi mama”, o las cadencias funky de
“Lowdown in the streeet” y “Cheap sunglasses”. El blues más clásico está
representado por la balada “A fool for your stockings” y “Dust my broom”,
versión del clásico de Robert Johnson acreditada a Elmore James en el disco,
mientras que la banda hace un guiño a los inminentes años ochenta con ciertas
concesiones new wave y punk en “Manic mechanic” y “Esther be the one”.
jueves, 20 de septiembre de 2012
El ritmo que nace en la calle
The Meters
The Meters
Funk, 1969
El funk es un estilo musical nacido de la tendencia natural
de los músicos de juguetear con las escalas y los ritmos, de mezclar todas sus
influencias e intentar siempre ir un paso más allá, de juntarse sin partituras
ni estructuras y dar rienda suelta a sus gustos y su talento. De este modo, de
forma prácticamente natural, se consiguió dar forma a un sonido que pronto
consiguió el favor del público gracias a su cadencioso groove y a su facilidad
para hacer bailar a sus oyentes, con elementos extraídos del blues, el rhythm’n
blues, el soul y el jazz, que fueron los encargados de alumbrar unas canciones
de ritmos sincopados y fraseos inesperados.
The Meters fue una de las bandas más representativas de este
estilo en sus primeros años. A pesar de que su éxito comercial no fue masivo,
sí es cierto que el cuarteto de Nueva Orleans, que posteriormente fue
incorporando más instrumentistas para enriquecer su sonido, fue y sigue siendo
una de las principales influencias para los músicos que han perpetuado este
estilo, uno de los grandes baluartes de este sonido que, sin comparación con la
repercusión social de James Brown, gran figura del funk en la época, sí ha
dejado un enorme poso en los artistas posteriores, una sombra que se alarga
hasta la actualidad.
La banda estaba liderada por Art Neville, teclista y
vocalista, que se rodeó de buenos intérpretes de la zona, como el guitarrista
Leo Nocentelli, el bajista George Porter y el batería Joseph “Zigaboo” Modeliste,
para hacerse un hueco en la escena musical de Nueva Orleans, siendo contratados
también como banda residente del sello discográfico de Allen Toussaint, Sansu
Entreprises. Al margen de sus grabaciones para otros artistas, la banda también
decidió labrarse un camino por su cuenta, abordando principalmente
composiciones instrumentales, sobre todo en sus primeros años, algo no tan
extraño entonces como en nuestros días gracias al éxito de Broker T. & the
MG’s, que ya habían alcanzado cierta reputación con algunos de sus hits en la
década de los 60, o del teclista Billy Preston, que lanzó varios discos con
versiones instrumentales de populares canciones pop de la época.
“The Meters” es su primer disco y, aunque moderadamente, sí
tuvo un cierto éxito, con la inclusión de dos de sus canciones, “Cissy strut” y
“Sophisticated cissy”, en los puestos altos de la lista de R&B. Como bien
se pudo observar a lo largo de su carrera, el álbum demuestra el gran
conocimiento de estos músicos del soul y el blues, estilos que abordaban en sus
grabaciones como banda de apoyo en estudio, y sus devaneos de influencia jazz
en busca de nuevos senderos musicales.
Este deber discográfico se abre con “Cissy strut”, canción
paradigmática del personal sonido del grupo, con un ritmo contrapeado, una
contundente sección rítmica, un envolvente acompañamiento al órgano y unos riffs de guitarra igualmente sorprendentes y reconocibles. En esta misma
línea, el álbum incluye temas como “Cardova”, “Ease back” o “Sing a simple song”,
versión instrumental de un tema lanzado un año antes por Sly & the Family Stone. Con una cadencia más marchosa, “6V6 LA”, nombrada así por el modelo de
válvulas de los amplificadores del grupo, es una composición que destaca por la
poderosa introducción de guitarra y el incansable ritmo de batería, mientras
que “Art” se sumerge en las influencias rhythm’n blues del grupo para
actualizarlas y llevarlas hacia el nuevo estilo.
A pesar de ello, también hay cortes en los que la voz cantante la lleva
el teclado, dando como resultado partes más melódicas y fácilmente cantables,
como “Live wire” o “Here comes the meter man”, siempre dentro de la reconocible
sonoridad totalmente funky del grupo. Además, el resto de influencias se dejan
notar, con tintes soul en “Ann” y las baladas “Sophisticated cissy” y “Stormy”,
o el New Orleans style de “Sehorn’s farm”.
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